lunes, 21 de enero de 2013

Con el sabor de la menta...

Tenían tus besos sabor a menta fresca recién rociada por la lluvia. Tu saliva era exquisita infusión que cubría mi cuerpo y que al evaporarse al calor de tu piel, despertaba mis sentidos como estimulante aromaterapia. Solo vos sabías que la noche alcanzaba su forma exacta cuando rebautizábamos nuestros cuerpos y yo ideaba un nuevo nombre para tu espalda, tu pecho, tus besos, el alba...

¿Qué será de nuestro ardor, sudor y saliva? me decías sujetándome fuerte contra tu pecho. Posiblemente un niño bendito por Dios, o una estrella fugaz, o quizá un pequeño barrilete enredado en una nube; te respondía, buscando tus labios a la luz de tus ojos.

Suenan tan vivas nuestras conversaciones, pero están tan llenas de marchitos sueños.  ¿Te acordás? vos concluirías la universidad e irías a trabajar a la televisora; yo escribiría poemas y cuentos infantiles. Viviríamos en un cuartito en el último piso del cielo, tendríamos un jardín de coloridas hierberas que atraerían mariposas y colibríes. No pagaríamos luz porque la luna iluminaría nuestras horas, nuestras noches, nuestras vidas.

Cómo quisiera volver aquel zaguán donde te leí un poema escrito en una servilleta de papel. Besarte y descubrir que todavía seguís teniendo sabor a menta. Olvidar que la vida te arrancó de mi lado como hoja seca al viento, y que yo soñaba con vivir eternamente enamorada adentro de vos, que sería la mujer más llena de vida, la más feliz, si no del mundo, al menos del Barrio de la Recolección.

Ahora soy sin caer en cuenta, apenas un recuerdo de lo que un día soñamos ser.

Por eso en noches como esta, cuando siento que la vida cada vez pesa más, corro a esconderme tras tu recuerdo y te busco inútilmente, sabiendo que nunca más volveré a encontrar tan dulce y divino sabor, como el de la menta fresca en tus labios.
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